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‘Soy Georgina’: tenerlo todo y no tener nada

Hay un subgénero de telerrealidad que consiste en sacar a ricos enseñando lo que compran. Tiene ya sus años: las Hilton, las Kardashian, las esposas de Beverly Hills, etcétera. Hay otro subgénero que versa sobre las vidas de los futbolistas (Ramos, Benzemá, Maradona). Uno y otro se han fundido para crear un subgénero nuevo: el de ricos enseñando las cosas tan feas que se compran.

Los futbolistas son jóvenes, famosos, e inmensamente ricos. Pero todo lo que tienen es feo con avaricia, desde la última deportiva de Prada hasta la alfombra del lugar más recóndito de sus mansiones. Georgina Rodríguez, en su documental de Netflix, le pide a su decoradora que no le trufe el salón de objetos, porque luego cogen polvo. Tiene sentido. En las casas de la gente de dinero siempre hay inmensas estancias salpicadas de objetos esféricos que nadie sabe muy bien para qué sirven.

En el caso de Soy Georgina no hay bolas metálicas inmensas porque ella es especial, que igual te cuida ella misma a los niños que se va de viaje con sus amistades “de siempre”, o busca un vestido para el festival de Cannes y coge lo más zafio del showroom —ha tenido que rebuscar; semejante espanto no aparece así, de la nada— mientras la corte le dice que qué bonito, qué elegante. Georgina es, sin duda, una más. Pero una más con muchísimo dinero. Y eso la hace especial.

Sin embargo, hay un trazo de inesperada originalidad en el nuevo producto estrella de Netflix: lo mal que pronuncia Georgina las frases que le escriben los guionistas. “Venga, Georgina… di que sabes lo que es tenerlo todo y que sabes lo que es no tener nada”. Y Georgina lo dice, y el realizador ya da la toma por buena porque no puede más. No veía un total (que es como se llaman estas frases) tan mal terminado desde que quitaron Next de Antena 3. Este producto está pensado para las modestas influencers que quieren ser como Georgina, para las que sueñan con llorar en un vídeo mientras dicen: “Instagram no es tan bonito como parece”. Es la única explicación. Para todas ellas, Georgina no necesitaba guion. Quizás una Georgina natural, sin la mano del apuntador, hubiera resultado más interesante.

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