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Del caballo de Abascal a los ‘Peaky Blinders’

Los “Fachi Blinders”. Era una de las bromas que los tuiteros han dedicado a los políticos de Vox, que se han calzado su boina, sus botas y sus tirantes para hacer campaña en las autonómicas de Castilla y León. La comparación comenzó con un tuit de Francisco Igea, candidato de Ciudadanos, que quería criticar lo que parecían disfraces, pero en Vox ha sentado bien y la propia Macarena Olona, portavoz del partido en el Congreso, la ha hecho suya y la ha tuiteado. Y eso a pesar de que está cogida por los pelos: los protagonistas de la serie llevan traje de tres piezas y no cazadora, y además son criminales, gitanos y antifascistas, como recordaban muchos tuiteros. No ha sido el único paralelismo que ha tenido éxito: también ha habido menciones a los señoritos de Los santos inocentes y a la cacería de La escopeta nacional.

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Pero esto ya lo hemos vivido. Vox se presentó a las elecciones andaluzas de 2018 con un vídeo en el que Santiago Abascal montaba a caballo con la música de El señor de los anillos de fondo. Igual que en estas fotos de domingueros, la escena llegaba al terreno de la autoparodia. Twitter se llenó de memes y los medios publicaron columnas jocosas, pero el partido ultra sumó 12 escaños en esas elecciones y acabamos todos sumidos en un debate sobre humor, política y redes sociales.

En ese momento, muchos aseguraron que los chistes solo habían servido para darles una atención exagerada y, hasta entonces, inmerecida. Cada meme con el que supuestamente se quería “destruir” a Vox en realidad había amplificado su mensaje y había proporcionado miles de votos más al partido… Hasta el punto de que “50.000 votos más para Vox” se convirtió en otra broma recurrente: ¿se me ha enfriado el café? 50.000 votos para Vox. ¿Llueve? 50.000 votos para Vox. ¿Me ha salido un grano? 50.000 votos para Vox.

No es un debate que se circunscriba a Twitter, aunque ahí se note más el ruido: lo vivieron los cómicos estadounidenses con Donald Trump y los brasileños con Jair Bolsonaro. Y también es anterior a la aparición de estos nuevos ultras: salvando las distancias, pasó algo parecido con Caiga quien caiga. En sus memorias, El mundo de la tarántula, Pablo Carbonell recuerda la atención que se le prestó a Esperanza Aguirre, entonces ministra de Cultura. Según el músico y actor, “siempre supo muy bien dónde estaba y cuál era el rédito que pensaba obtener”. Otro ejemplo: en 2002, el entonces coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, exigía salir en Las noticias del guiñol porque todas las fuerzas políticas “deben tener voz en los medios públicos y privados”. Si no tienes muñeco, no existes. Si no te hacen memes, no importas.

Aun así, todo esto es muy matizable: siguiendo con Aguirre, mucha gente se aprendió su nombre, pero durante esos años su valoración bajó más que la del resto de ministros. Y es poco creíble que un puñado de chistes pueda decidir elecciones. Como escribía el sociólogo Christie Davies, los chistes son un termómetro y no un termostato: indican lo que ocurre, pero no lo pueden cambiar. Y lo que ocurre es que Vox quiere llamar la atención con su estética de cartón piedra.

No tengo una respuesta definitiva a este debate, pero, en cualquier caso, no desestimaría del todo el poder del meme cuando este partido va buscando la burla de forma descarada, subiendo cada vez más fotos de sus excursiones al monte. La buscan tanto que si de una boina colgara la etiqueta con el precio, sería muy difícil convencerme de que ha sido un desliz y no parte de su estrategia de comunicación.

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